30 de junio de 2014

Penumbra - Texto de autoría propia

   A fin de crear un espacio dinámico y más cercano a los lectores, publicaré mis creaciones literarias.
   Este microcuento, llamado Penumbra, fue escrito en diciembre del 2013, con la influencia de diversos textos referidos a la Estación Central de Ferrocarriles de Santiago de Chile y al sector antiguamente denominado Chuchunco. 

   
   Aprovecho también de dejar los sitios donde publico mis creaciones literarias. El primero, La Quimera, es un blog creado por estudiantes de Pedagogía en Castellano aficionados a la escritura de micro cuentos y poemas; la particularidad de este espacio es que cada autor se representa con un animal y no con su nombre de pila, representando yo a Abeja. El segundo blog, llamado Eyes of the Sun (del inglés, Ojos del Sol)que comparto es uno personal, dedicado también a la escritura, creado el año 2012.


 



   Se encontraba sentando bajo un poste de luz en el sector de Chuchunco a esas horas de la madrugada, debía de esperar aún hasta mediodía para encontrarse con su desagradable tío. No era un joven acomodado, tampoco un palurdo como sus vecinos del pueblo. Así y todo sabía cuidarse bien.


   Había viajado día y tarde talquina, llegando a la fría noche del junio santiaguino, uno de los peores de inicio de siglo. Las cuatro de la madrugada no era el lugar más agradable para estar en esas calles adoquinadas de la Estación Central, pero tampoco tenía a donde ir de momento. Debía quedarse algunas horas allí, sujetando bien su valija y protegiéndose de la escarcha con sus mantas.


   Habiéndose bajado del ferrocarril fue a beber algo caliente en uno de los locales aledaños de la estación. Una mujer de aspecto grasiento le sirvió el líquido de color alquitrán en una sucia taza, le preguntó qué hacía por allí un muchachito tan apuesto y le preguntó si tenía donde pasar la noche, agregando por último que sus hijas cobraban solo unas monedas por pasar la noche encamados. El joven mintió diciendo que ya se iría donde su tío, bebió el café rápidamente y partió a sentarse en alguna banca.


   Durmió dos horas antes de despertar por un gran estruendo. Dos facciones de hombres vociferaban tantos insultos como palabras existían en el castellano. Se amenazaban estirando los brazos, subiendo las mangas de las roídas camisas. Entre el tambaleo de sus piernas por la ebriedad y los golpes que iban y venían, altos y bajos, gordos y flacos caían presa de los más fuertes. El joven se ocultaba para no ser, por accidente e ira descontrolada de los luchadores, participe de aquella riña. Hasta que quedaron de un lado dos y del otro tres sujetos.


   En el grupo par estaba un hombre escuálido, bastante enjuto y canoso, quien se había salvado de los golpes ocultándose tras su compañero corpulento. Sus contrincantes eran más homogéneos, de aspecto común, ni gigantes ni enanos, ni vigorosos ni perezosos. El corpulento protegía al canoso con su vida de las puños y patadas de los otros. El joven absorto de esa situación del bajo mundo nocturno, esperaba que la batalla terminase pronto.


   Un segundo estruendo enmudeció la oscuridad de Chuchunco: botellas de vino rotas contra las paredes de los edificios. Dos boquillas de cristal con puntas corto punzantes en la mano de uno de los del trío; otro con una gran navaja empuñada en sus sucias manos; el último, revolver plateado en mano, se disponía, tambaleante, a matar a sus contrincantes. El joven se sentía inútil, débil de no querer ser partícipe de la pelea, no quería salir lastimado.


   Con ruido seco la bala, las botellas y la navaja acabaron con la vida del corpulento. El degollamiento, el reventar de sus sesos y las punzadas en el estómago mutilaron al amigo del canoso, quien pasmado no pudo hacer nada. Los ebrios derrotados ni se inmutaron con el sonido del cañón. El trío de asesinos corrió a toda velocidad por las calles, refugiándose entre los callejones tan bohemios como el barrio mismo.


   Era la una de la madrugada cuando sucedió esto. Nadie salió a ver qué ocurría. El joven se paró por un momento pero temía que maleantes de la misma calaña ebria robaran e hicieran de su cuerpo un saco de boxeo. Observó por un buen rato al canoso, quien seguía parado viendo el cuerpo inerte del corpulento. La sangre seguía los caminos rectangulares de los adoquines, la pestilencia se hacía notar de inmediato. Unas prostitutas que pasaron entre la neblina no tomaron en cuenta al muerto. Manosearon al ebrio que estaba en pie, tomaron de sus manos y se lo llevaron a otro callejón, donde lo desnudaron y fuertes suspiros de placer hicieron eco en la Estación Central.


   El joven, bajo su poste de luz no podía creer lo que había visto. Miraba en frente a dieciséis cuerpos abandonados a la suerte del frío. Uno de ellos dejado en manos de la muerte. Así dieron las tres de la madrugada. Algunos se fueron parando, caminando sin rumbo hacia la Alameda o hacia el sur. Se perdían entre la oscuridad y ninguno recogió al muerto.


   Los rondadores felinos de las alturas maullaron. Perros pasaban moviendo su cola y buscando comida. Algunas ratas del alcantarillado caminaban chillando. Se sentía un rumor de gusanos en el ambiente buscando algún cuerpo putrefacto en el vaho de la noche. El joven, medio asustado, tensó lo músculos esperando lo peor.


   Pasaban los minutos con aspecto de horas. Pasaba el frío viento que desnudaba la piel. La escarcha del ambiente abría heridas en los párpados del joven. Las manos azules y los labios morados le daban un aspecto casi como el corpulento tirado en el piso, excepto por la sangre, que aún brotaba caliente del cuerpo.


   Otros ebrios pasaron. Otras prostitutas pasaron. Un vigilante nocturno pasó y le preguntó qué hacía ahí. El joven respondió que lo mismo que todos en ese lugar: intentar sobrevivir. Llegaron algunos vagabundos a dormir a postes de luz cercanos. Algunos destellos de los edificios se prendían. Algunos gritos se oían a lo lejos, algunos orgasmos daban paz al barrio, otros de dolor eran frecuentes, ciertos aullidos desesperados no desteñían de la misma realidad que existía allí, algunos gritos de sangre y asesinato eran los más amenos para ese escenario.


   Llegada las cuatro de la madrugada el joven ya comprendía en qué lugar se encontraba: un cementerio lúgubre. Un lugar calcado de las novelas policiacas inglesas. Los mismos adoquines y callejones donde Jack destripaba a las putas. Donde las peleas y el libido estaban en el aire. Un lugar del bajo mundo, un lugar tan tenebroso que albergaba demonios humanos despreciables. Pensó: ''Tal vez estos demonios humanos no solo habiten aquí. Santiago es grande y los ricos tienen sus demonios también''. Pero la Estación Central estaba condenada en esos años. Habitada por los pobres viajeros que buscaban un lugar mejor, un nuevo comienzo, pero que quedaban hundidos en la penumbra sádica sin posibilidad de salir, sin dinero para beber un mejor vino, sin razones concretas para matar. La inmundicia era producto de los mismos habitantes, no existía preocupación, ni por sacar a las ratas, ni por limpiar la sangre de paredes y calles, ni por recoger al muerto que toda la noche estuvo pudriéndose allí.


   Unas últimas prostitutas deambularon por allí, terminando su jornada laboral, con vestidos llenos de sangre y moretones en piernas y caras. Sus rostros estaban desteñidos, el pelo pajoso y las manos huesudas. El joven las miró mientras caminaban. Ellas le devolvieron la mirada por un rato. Una mirada de desdén, ojos malignos queriendo asesinarlo sin sentido, solo para desatar la rabia de vivir en aquel bajo mundo. Apartaron sus ojos rojos de ira y caminaron. Cada una se dispersó por un lúgubre callejón. Cada una se fue ahogando en el oscuro abrazo de los edificios. Cada una se fue destiñendo en la niebla. Cada una vagando hacia la nada de sus vidas. Y el muerto seguía allí, ahogándose en la penumbra de Chuchunco.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario